Viajando de todos modos

Camino de la casa de mi tía Genoveva, mediadas la mañana y sus luces, cruzábamos los campos de Nonoalco sin detenernos. Los vi desplegarse ahí sin aspavientos, desde la ventana trasera del enorme Coronet de mi madre, que el abuelo llamaba la lancha, como a esos viejos autos colectivos que circulaban por la ciudad todavía en mi infancia: enormes y abombados carruajes de ocho cilindros, un peso toda la ruta. Nosotros íbamos con rumbo norte, noroeste, veníamos de pasar San Lázaro y dejábamos atrás la avenida Oceanía, que se curvaba entre casas humildes coronadas con antenas de televisión y tinacos de asbesto.

En ese paseo admiré por unos instantes esos carros de ferrocarril que parecían oxidadas cajas de regalo, esparcidas al azar sobre la tierra. Todos sin excepción mostraban sus enormes puertas corredizas ya canceladas para siempre en un costado, y en el otro los cortes precisos de las ventanas y las puertas. Más de un vagón portaba además cortinas de tela cruda y pequeñas macetas con flores modestas colgando felices de los dinteles.

Pasábamos ante los viejos campamentos de ferrocarrileros que, según se fueron alejando las locomotoras, habían ajustado la vida en ellos, pequeños cuartos ya sin ruedas o firmemente soldados a trozos de riel que ya no iban a ninguna parte. Las flores, sin duda, habían hundido las raíces de esas familias que un día, en sus atuendos de ropa grasienta, vieron venir las huestes desaforadas del norte. En las toscas fachadas era posible intuir el hacer de las poderosas manos que cambiaron durmientes en Lechería y Tepozotlán, que remplazaron muelles y pernos en plena ruta, para luego recoger vales de ropa y despensa que cubrían apenas sus necesidades, sus hambres.

Ferrocarrileros vigorosos, armados con marros y viejas barras usadas como cuñas; fornidos sindicalistas que salían aún de esos vagones, mientras la ciudad se desperezaba, cargando su comida en el portaviandas y el termo de café… o que regresaban a ellos todavía despiertos luego de su jornal, capaces de comenzar de nuevo el trabajo, recuperados con sólo beber humeantes tazas de champurrado, comiendo pan y tamales… untando sus entrañas con café mezclado con caña, habanero o mezcal reposado que podían comprar en algún rincón no lejos de la estación de Buenavista.

Los vagones casa, pequeño hogar.

Mi primera pregunta, azorado, era por la vida sedentaria. ¿Ya no viajan nunca? ¿A ninguna parte?

Obviando la filosofía siempre, mi madre resoplaba, aferrada a ese volante inmenso como a un timón marinero: “No”. Y luego ya se embarcaba en una explicación sobre viajes para trabajar en las líneas, alojados en campamentos. Para llegar a esos sitios, especulaba (más que nada con imaginación), seguro enganchaban sus casitas con ruedas, sus cajas de metal aventanadas, para no separarse. Esas parejas de pobres y sus hijos tan grandes, rudos y hechos al ferrocarril como sus padres.

Otro día le preguntas a tu tío Memo, que era ferrocarrilero.

¿Vivían con mi tía Pita en un carro de esos?

No, mi vida. Pero a lo mejor él sabe más. Seguro tiene amigos en este barrio. A veces otros jubilados lo visitan.

¿Y entonces qué hacía?

Creo que era de los que controlan el tiempo, que todos los trenes llegaran a su hora. Por eso tiene esos relojes de bolsillo como el que le regaló a tu abuelito. El viejo, copiloto eterno de todos sus hijos, ni chistó.

Ah, los dorados discos del tiempo que clickaban para mostrar su verdadero rostro, lleno de signos y de pequeños engranes. Los vi, par de señores callados, comprobar la hora que dormitaba en sus chalecos. Decretando así el fin de su presencia en la parranda familiar (Hora de irme a hacer la meme, diría mi viejo, sigan ustedes que total yo no escucho nada de lo que hacen). El tío, el rostro alargado y quieto, comenzaría a lanzar pequeñas pullas para que su mujer, emocionada por el whisky y las bromas, dejara en paz boleros y viejas tonadas amatorias para emprender el regreso a esa casita en la que criaban bugambilias y un pastor alemán adusto y mordelón.

El último carro de metal hecho casa pasaba raudo y nos dejaba atrás sin avanzar ni un metro. Nos asomábamos entonces a esos barrios que mi abuelo solía visitar cobrando las cuotas del seguro social en pequeñas fábricas familiares, talleres de carpintería o negocios que contaban con más de cinco empleados. Y por fin en el norte de lo que todavía era una ciudad sin tantas prisas, Azcapotzalco y la refinería orgullo de una nación que ya no pude conocer.

Ahí, sonriente en su casita de un piso rodeada de macetones hechos con barriles de petróleo y latas de kerosén, mi tía Genoveva abriría con dificultad diabética la reja de su reino verde para el abuelo, mi madrina, mi madre y mi hermana, a los que seguiría cabizbajo para no tropezar con nada, seguro de que la tía acariciaría mi rostro y lo mojaría con firmeza, besándome con alegría. Gorda y estentórea, era la única pariente del abuelo que frecuentaba nuestra numerosa y cantarina rama de esa familia. Con ella mi tío Joaquín, siempre escondido detrás de un par de gafas verde oscuro, peinado con vaselina (sus grises mechas alisadas hacia atrás como un golfo cualquiera). Fue chofer de los que celebraron la expropiación petrolera: dirigía largos convoys de cisternas transportando crudo desde los pozos del Golfo de México hasta la refinería.

Domingo, almuerzo y cervezas interminables. Veríamos sin duda el partido del mediodía, con mi madrina y mi tío Joaquín aullando en cada jugada y celebrando los goles con tragos largos. Hacia las dos de la tarde comeríamos algo simple, tan de casas así, con telas bordadas y mantelitos de plástico: sopa de pasta, arroz con frijoles negros y un guiso con verduras y yerbas acompañando algunos trozos de carne suavizada por las flamas.

Algo ebrios, los tíos y mi madrina comenzarían a contar chistes y anécdotas graciosas. Mi abuelo, quieto y bien sentado sobre un sillón individual que rechinaba desprolijo, se dedicaría unos minutos a “mirar para adentro” con los ojos fijos en un lugar de otro tiempo.

Mi hermana vería la televisión, calladamente reposando la cabeza en el regazo de mi madre, que seguiría la conversación picante riendo a veces con la boca abierta. Y en todo estaría yo, indeciso entre las risas, la televisión, la casa llena de objetos desconocidos y ajenos… y esos vagones hogar que con las horas se habían convertido en preguntas, en secretos de metal y de madera.

¿Por qué estaban casi todos pintados del mismo color?
¿Cómo iban al baño?
¿Porque decían “Santa Fe”?
¿Y esos números escritos sin sentido aparente?
¿Que llevaban antes en el vientre?
¿Qué pasó?

Hostigaría en algún momento a mi tío por sus viajes. Ahíto de risas y luego de roncar sin prisas un rato en su sillón, Joaquín me contaría cómo desde los pozos en el golfo, en Ciudad Madero, en Veracruz, saldrían en caravana esas pipas relucientes, una a una, deslizándose con parsimonia sobre el asfalto que serpenteaba la Huasteca, paraíso frutal. Tenían a su cargo el tesoro fresco de la nación.

La tía Genoveva, de regreso de la cocina con mi madre y listo todo para un nuevo alimento, preguntaría a su primo silencioso si gustaría tomar café, y a mi madrina, que callada miraba una vez más algún drama dominical sobrepoblado de charros y canciones llenas de amor y de suspiros. Nadie. Entonces se volcaría en mí sonriendo como un ángel viejo fugado de una iglesia florentina.

—Ah, tu tío Joaquín era siempre el primero, el que mandaba en esas caravanas que venían a la refinería. Había que tener cuidado con tanto petróleo. Tu tío siempre ha sido tranquilo, cuidadoso, por eso lo hicieron jefe de flotilla. Muchos años, yendo y viniendo, miles de miles de miles kilómetros viajó mi viejo por todo el país, te cuento.

Mientras su mujer hacía con sus brazos regordetes esa mímica de maniobrar el volante, a mi tío Joaquín se le escurriría media sonrisa satisfecha y, bajo esas gafas verdes y provocativas, era posible percibir un leve temblor en los párpados, de orgullo y de ternura.

Pero ya era suficiente. Nosotros tendríamos que regresar a casa, comprar pan de dulce y prepararnos para remontar otra semana. Joaquín y Genoveva irían hasta la plaza de Azcapotzalco a misa de 7, ahí encontrarían a sus dos hijos, mayores ya y casados felizmente, para luego charlar y comer alguna golosina antes de volver del brazo a su pequeño cochecito que llamaban casa, a sus recuerdos y a sus horas…

Desde el auto podría yo mirar de nuevo los carros hogar, los vagones casa. Se lo había pedido a mi madre con la voz en tonos altos, urgentes. ¿Habrían cambiado de posición? ¿Cómo se vería ese rebaño bajo la oscuridad del domingo? Lo mismo quería saber si el único cabús, ya con el amarillo dejando ver franjas de la madera, no habría partido detrás de su locomotora como un perro enamorado de su dueña…

Mi madre siempre sonreía ante esas necesidades. No tenía un hijo que quisiera golosinas o detenerse en el primer baño; no había preguntas ni conversación sobre la vida. Había en las calles miles, millones de letras que leería apurado, por costumbre, porque así lo había enseñado a leer. Había lugares extraños, paisajes desconocidos. Había nombres y rostros. Por eso redujo la velocidad unos segundos: sentado detrás de ella mis manos aferraron el respaldo de su asiento, atisbando las casitas ferrocarrileras antes de pasar delante de sus prados.

Ahí estaban.

De más de uno de los vagones brotaba la luz. Ningún detalle se dejaba apreciar del todo; alguna foto colgando, quizá, un par de sombras en movimiento, sin prisas recorriendo los ordinarios instantes de una cena de domingo. El cabús seguía dormitando. Pero en algunos vagones hogar había algo que no percibí antes… de algún lugar en el techo, como pequeños cuernos de plata, brotaban puntiagudas chimeneas de latón que, con la primera ola de oscuridad, vaciaban en la noche tímidas columnas de humo… quietos para siempre en la geografía afanosa de los ferrocarriles, estos vagones casa seguían viajando en el tiempo, día y noche, cargando siempre esos mismos pasajeros que, como ellos, se resistían a convertirse en nada, en polvo del olvido en esa ciudad que estaba por engullirlos.

Una noche en el prado de los vagones hogar, humeando apacibles, sigue acechando mi imaginación desde entonces…

 

Para la Perni, que es como una hermana con la que no he charlado mucho…

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Yo te conozco

Era estudiante y, entre otras cosas, mi padre proveía los medios para seguir en la universidad sin trabajar. Los días flotaban tranquilos sobre nuestra ciudad, eran barajas de un otoño plácido (cielos pálidos y lloviznas pacientes). Con todo, la segunda mitad de los ochenta era una época intensa, llena de descubrimientos, de amigos, de emociones nuevas.

A veces, entre el egoísmo y la complacencia, acompañaba a mi padre a sus andanzas políticas con el poder que hizo de México un chiquero durante décadas. Estaba en un momento dulce de su carrera y tenía que aparecerme, si quería verlo, en la oficina de su líder, en el viejo barrio donde creció mi madre haciendo travesuras mientras él, que era algo más pobre, servía mesas en una fuente de sodas propiedad del tío Kiko.

Lo más hermoso no pasó ahí dentro, por supuesto, entre casimires y sedas, componendas o simples reuniones llenas de brandy y habanos importados. Sino en las calles viejas que hace cien años mi abuelo me juró que no existían… para ser más concreto, en Sadi Carnot, en una pequeña serie de comercios viejos, con vitrinas de madera y cristales amplios. Ahí, entre la grisura de las piedras y los años, agonizaba una librería del Consejo Británico, pequeña y olvidada (tenían cuatro, todas cerraron uno o dos meses más tarde).

Qué linda la campanilla que sonaba al abrir la puerta… y qué lindos los libros nuevos y olorosos, todos en inglés y todos caros. Quedaban veinte minutos antes de ir a buscar a mi padre (dinero, comida, paseos, juerga: toda nuestra amistad se resumía así). Dentrás del mostrador, me saludó en castellano una mujer madura, muy blanca y muy cordial. Nada, le dije, nada más estoy viendo… seguro que sonrojaba ante el aroma de su marcado acento extranjero.

Pero voltear despacio para no delatar mi rubor me permitió encontrar un anaquel lleno de libros usados, viejos y ajados, que me entretuvieron un poco. Y al lado, expuestos con cierto descuido, libros de arte sin intención aparente (casas, paisajes de la campiña inglesa, qué sé yo). Ahí encontré a Van Gogh, enorme, que me miraba desde un autorretrato increíble, lleno de soles y de tristeza.

No voy a detenerme a contar ahora la historia común entre un joven enamorado (de la vida) y un pintor que hizo estallar la paleta. Ha pasado tantas veces. Pero busqué igual el precio del libro porque, pensaba, podría convencer al viejo de consentirme con la compra… no había. Bueno, había uno en libras esterlinas, que era tan exótico entonces como el papel japonés en que estaba impreso el libro (suave como la seda, de un grosor tranquilizante). Seguí hojeando.

Nooooo, esos maravillosos cuervos que el pintor capturara antes de quitarse la vida estaban tan bien ahí. Tenían que irse conmigo… pronto.

Llevé el libro hasta el mostrador. Ella lo revisó desde sus anteojos de mujer muy seria, hizo notas, calculó en su vieja máquina registradora y sonrió sin prisas para darme un precio en pesos mexicanos. Imposible. Sin la venia y los billetes de mi padre no habría noches, ocres profundos y los cuervos. Di las gracias y salí casi corriendo, retrasado.

—Huy, no tengo dinero estos días.

Al menos mi padre era sincero casi siempre en esos asuntos. Pero me confió que nos caería el cheque de un bono y que sería carnoso. Podría yo venir el miércoles de la siguiente semana, seguro que estaría listo y me entregarían el dinero aunque él no estuviera. Sonriendo como en un anuncio, mi padre solicitó que me llamaran a casa para confirmar el pago y se olvidó del asunto.

Los días corrieron sin ruido, supongo. Mi siguiente recuerdo es tener el dinero en el bolsillo y salir a la lluvia cubierto con el abrigo negro que dejó abandonado mi abuelo cuando se fue de la vida.

Entré a ritmo de campanilla a la vieja librería y sin decir nada tomé el Van Gogh para ponerlo delante de la dama y pagar lo que fuera. Para más gloria, me hizo 10 por ciento de descuento. Y lo metió en una bolsa de plástico blanco con el logo del Consejo Británico…

Las dos cuadras y cinco minutos entre la librería y la oficina de mi viejo los hice saltando como un niño enamorado. Riendo, bailando, brincando. Y besando el libro que me cumplía un sueño… por la noche con una botella de vodka polaco, pan y los truenos de la lluvia me prometí verlo todo. No leerlo, porque no lo leí nunca: ver y re ver las reproducciones emocionantes de Vincent Vang Gogh, sus bocetos y su cuarto, Arlés, el trigo segado y los cuervos, todos los días esa parvada de pájaros negros tan astutos como sociables que acechan la vida humana por todas partes.

Me había visto…

Unas semanas después, justo antes de las vacaciones de fin de año, volví a la librería a perder las horas. Su saludo distraído no develó nada pero unos minutos después, mientras yo consideraba si valía la pena esa edición barata de las obras de Ben Jonson, dijo casi en un grito Yo te conozco…

—Saliste brincando de aquí. Te vi saltar y bailar con el libro de Van Gogh en las manos. Te vi. Ibas muy contento.

Mierda que me hacía sonrojar la mujer. Pero tuve que decir que sí y reír con ella unos segundos; era sin dudas yo el niño feliz que cruzó la puerta con su pintor y su libro. Sus ojos miopes eran color lapislázuli, su nariz triangular, pequeña…

—¿Gustas tomar un té conmigo?

Se iba para siempre. Había trabajado en las librerías más de 15 años y volvería a algún lugar cerca de Londres. Constance y un apellido que no registré… me prometió buscar entre quienes se iban, y vendían o abandonaban libros, lo que yo quisiera. ¿Lo que sea? ¿Poesía? ¿Qué te gusta? Y otras coqueterías por el estilo…

—e. e. cummings.

Su sonrisa se convirtió en una daga de marfil. Me entendía. Y me contó que el poeta, de joven, había vivido en París y una noche, ebrio y harto de su poesía, la quemó toda en su café favorito. cummings y sus amigos danzaron y bebieron alrededor de ese fuego que se llevó, espero, un montón de poemas mal hechos. Sabía mucho de poesía, fue indulgente conmigo aunque mi poeta fuera gringo, y amaba los libros pequeños y dulces.

Me ofreció un par de libros lindos (románticos ingleses, alguna otra cosa). Pero no acepté el trato, era cummings o nada (bueno, sería Eliot o podría ser Pasternak como pudieran ser Donne o Blake). Ella seguía sonriendo y me dejó ser, terminar mi té y salir de ahí sin comprar nada. Vuelve cuando quieras a tomar té, algo encontraremos para ti, se despidió sonriendo con la punta de los dedos.

Volví solamente una vez más. Esa tarde la fui a encontrar con pasos rápidos detrás del mostrador y la registradora. Y la besé como un tonto porque eso hace un chico como yo ante una mujer madura, hermosa todavía, que tiene labios delgados. Acaricié su rostro, sentí el aroma de un polvo delicado (oriental) brotar de su blusa de seda… y la besé hasta que la lluvia y la noche empujaron su mano con suavidad contra mi hombro. Delineó mi nariz con un dedo y gimió un poco en mi oído. Salí de ahí en silencio. Nadie detuvo mi torrente con tanta belleza.

para Susana, por quien doy gracias…

Postal de Nashik

Hoy pasa el monzón por Nashik

sagrado escenario del Ramayana.

No lloverá sobre Appasaheb

que anoche dejó todo tras de sí

en particular esa deuda campesina

de 400 dólares, que no pudo pagar.

Tenía 32 años y un campo reseco,

aunque conoció las aguas del Devari

y sus orillas legendarias,

las nueve colinas adoradas hace tanto.

 

Todo es un suponer,

porque su muerte apenas ocupa

seis maltrechas líneas del diario.

Appasaheb Yadhav, de Chandvad Taluka,

que trepó a esa caja de distribución

y tomó con sus manos tristes

el grueso cable del alto voltaje.

 

Más reflexivo fue Sudpu Pawar

quizá porque era viejo

y su deuda ascendía a poco más

de seis mil dólares que nunca pagaba.

De madrugada organizó callado

su pira funeraria, tan comedido

para prenderse fuego encima

de ramas y maderos viejos

en Malegaon, la opaca

ciudad sin gracia no lejos de Nashik.

Otros dos infelices igual se fueron

bebiendo pesticida, colgando de un árbol

muertos antes que su resuello

de animales condenados a surcos

y a esta miseria insolente, calurosa

que cada año se lleva varios miles

o algo así: son todos el mismo.

 

de junio veintidós, noche de lluvia

en dos mil diecisiete años…

Un río en una isla

El Whanganui es nuestro abuelo
todavía hoy, con los cielos preñados
nos permite navegar sobre sus hombros
y aunque la pesca casi ha desaparecido
nos sigue alimentando con ternura
y sacia toda sed, lava toda amargura
acariciando con sus dedos los labios
y la frente de estos pequeños hijos.

Así.

Nuestra familia se extiende en todas direcciones
podemos trazar la genealogía hasta el origen
del universo que nos ha dado aliento.

Ustedes en la ciudad apenas y se dan cuenta
que no nace el sol cada mañana, ni la luna muere.
Todo ocurría así, como es debido,
aún antes de que el agua cantara nuestro linaje.

No te vayas

“Habrá momentos en que te sientas unido a todo. Serán escasos y siempre los más importantes. Recuérdalos cuando necesites saber a dónde ir. No te rindas. Es todo lo que tengo para ti”… íbamos caminando por esa calle angosta, vacía y humedecida por el amanecer. Fumábamos en silencio. Por eso sabía que era mi abuelo.

El traje de tres piezas de casimir grueso me era conocido pero no traía corbata y su cabello no era blanco, era más bien esa mezcla de grises y platino que yo tengo hace más de una década. Semiescondida por el cuello de su camisa, abierto apenas, podía admirar esa nuez que ronroneó para mí cosas siempre entretenidas. Tampoco. Era él porque en las puntas de sus dedos todavía poderosos podía observar las manchas del tabaco. Sin filtro, sin prisas.

Seguimos caminando. Comencé a sentir una ligera angustia, la que toda mi vida me hizo doler el corazón por el desamparo. Estaba a punto de escucharlo decir lo que me dolió siempre de su partida, de los abandonos que merecí o de los que no esperaba. Y aunque seguía a mi lado, mirando al frente con aparente calma, imaginaba su voz diciendo “Ya me tengo que ir” y que luego se iría al doblar la próxima esquina, se esfumaría o se detendría para despedirme con una mano acariciando el aire…

El empedrado era algo resbaloso, la calle ondulaba entre maltrechos y antiguos edificios. “Estamos en Praga, abuelito”, le dije con toda sorpresa. Su serenidad para responder “Ah, caray” alivió mis nervios. “Pues es bonita”, sonrió para mí el hombre que nunca fue demasiado lejos, tan ocupado trabajando, con sus diez hijos, su mujer, su religión y sus periódicos. “Nos tomaremos un café y a la mejor hasta podríamos jugar dominó un rato”. Y ante nosotros, en plena Mala Strana, un viejo café resguardado por enormes ventanas. Estaban apenas abriendo.

Sentados en una mesa recién pulida, juntos todavía, esperamos los espressos y un par de galletas de las que él llamaba soletas (“dedos de dama”, les dicen en este cafetín todavía somnoliento). Mientras, deslizo con cuidado la tapa de una cajita de nogal. Dentro están los 28 rectángulos de su pasatiempo favorito (nunca sonreía tanto como jugando dominó). El amarillo marfil, la suavidad de los lomos, el enigmático negro de cada punto horadado en la ficha… todo refleja la suavidad del tiempo.

Por un rato hacemos estallar las fichas contra la madera, jugando y sorbiendo café. Se acerca silencioso el mesero, algo viejo ya. Nos mira fijamente con sus ojitos verdes, apretando contra el vientre su bandeja de metal. La roja chaqueta del uniforme le queda algo chica, viejo cascanueces sin quepí. En una pausa nos dice sin ceremonia: “Hrabal, Bohumil. ¿Serán ustedes italianos?”.

—Ya no, responde el viejo. Mexicanos de la ciudad. De un pequeño pueblo no lejos de Palermo salieron los abuelos, mi madre, los tíos, la cama donde dormía y el gusto por el café y este juego de chinos…

—Claro, están hablando español.

—Y este de aquí es mi nieto más flaquito, se llama como yo.

—Bohumil, aprovecho para sonrojar con una pregunta, ¿sigues escribiendo novelas?

—No, no es tiempo ya para mí. ¿Más café? ¿Anís?

Cambia el cenicero de la mesa y va a la barra a traernos dos nuevos espressos.

A 150 puntos. Tenemos tiempo para jugar, parece. Si estamos tan perdidos y no tenemos ni cómo llegar a la casa, jugaremos mientras se nos ocurre algo. Mezclar las fichas bocabajo, “hacer la sopa”, hace suspirar a la mesa y me entrega una vibración ligera en las palmas de las manos. Siempre pierdo con él, que sonríe sin malicia… siempre tengo yo que hacer la sopa para empezar una nueva partida.

Se acaban sus cigarrillos. Le ofrezco de los míos (fumamos la misma marca, te digo que sin filtro, Delicados, papel arroz y tabaco rubio). Al entregarle la cajetilla acaricio su mano sarmentosa, con las venas potentes y casi expuestas. Está fría como la mía. Mientras inhala el primer humo me dice atento, “¿Qué pasó?”.

Nada. Bohumil regresa con tres tazas. Se sienta con nosotros, tratando de entender el juego.

Quisiera decirle al mesero que no solamente leí sus novelas sino que la primera vez que publicaron algo mío en La Paz fue un breve ensayo sobre su muerte, las palomas… pero es absurdo, está delante de mí, la boca ligeramente entreabierta, reconcentrado en las manos de mi abuelo que acomodan fichas sobre la mesa.

Uno recargando el rostro contra la mano izquierda, comtemplando sin expresión los marfiles. El otro agachando ligeramente la cabeza, entrecerrendo un poco los ojos, como una tortuga ante una espinaca enorme, listo para devorar, escribir, contar su singular vida. Ante los dos me siento seguro y al mismo tiempo pequeño…

—Fíjate cómo sonríe el abuelo, le digo al checo. Está a punto de irse… no, no del café: está a punto de terminar su fichas y ganar la partida una vez más.

—Sssh, dice media sonrisa del otro lado de la mesa.

Pasamos la mañana así, entre breves conversas y cigarrillos. Comienzan a llegar los comensales antes del almuerzo. Bohumil inclina hacía mí la cabeza sin decir nada. Hora de trabajar saciando apetitos… se despide del viejo y me ofrece su mano firme diciendo que al salir encontraremos sin duda el camino de regreso.

Cruzamos la puerta sin miedo, con parsimonia.

A unos doscientos años de nosotros puedo mirar una mansión rodeada de álamos y enredaderas. La familia en el interior será muy pronto amable con el extranjero. Pero no es nuestro tiempo de pedir asilo tampoco.

Del otro lado de esta calle gris, ya poblada de sombras, hay también un terreno baldío que bajo el clima de este otoño lleno de neblinas es imposible llamar “solar”. Ahí jugaban varios niños hace unos minutos, sus risas y sus aullidos siguen resonando en mí… eran una pandilla inocente de niños pobres ya de vacaciones. Caminamos hasta ahí a curiosear pero al llegar ya no estamos en Praga.

El solar es un jardín interior, rodeado de viejas ruinas y herrerías podridas. Los niños y su fútbol desaliñado viven alrededor. Calle de Reina en Centro Habana, con las aceras techadas por esas ruinas que dejan caer arcos y pilares de roca añeja. Las antiguas tiendas cerradas ya (en la esquina con Padre Varela agonizaban un hotel y ese café donde Lezama Lima pasaba algunas meriendas copiosas pero sensibles).

Caminamos hacia el parque (de la Fraternidad) y el Capitolio tropical… pasamos ante la estatua de Martí, bajo su sombra decenas de beisboleros practican un deporte todavía más viejo: hablar sin beneficio, hablar por el placer de recordar jugadas, jonrones y los nombres de un linaje que los hace históricamente poderosos, legendarios.

El abuelo no se detiene, sabe exactamente a dónde vamos… a una callada esquina de Obispo. Bar El Floridita… aunque el viejo no bebía casi nunca. Será para mí, supongo, porque al entrar pide un daiquirí y un vaso de refresco de guayaba (Hay limonada, explican desde la barra). Y está bien.

—¡Don Luis! Qué bueno que haya venido. Dice un hombre de su edad, quizá más viejo, que se acerca desde otra mesa y estrecha brevemente su mano. Los ojos rasgados y el cabello lleno de circunferencias.

—Me trajo mi nieto, es su sueño y su memoria lo que está en juego.

El viejo chino mulato se ha sentado sin prestarme apenas atención, le sirven una cerveza helada y le traen una caja de dominó enorme. Con más fichas que el que jugamos en Praga o en casa.

—¿Qué es de la maderería? ¿Su hermano Carlos? ¿Doña Chabelita?

Mi abuelo me mira tranquilamente y señala un asiento en la barra cercado por cadenas.

—Ese es el lugar donde solía beber Hemingway. Ve a mirar, lee de nuevo la placa y toma tu trago en la barra. Tenemos que platicar entre fantasmas.

Bebo y suspiro. A ratos espío a mi abuelo, conversando sin prisas pero sin mucho adorno. Él, que ya no platica porque se ha quedado casi sordo, que solamente conversaba con mi abuela y que a veces me enseñaba rimas y juegos de su infancia.

¿Debería tomar notas? El barman me mira por saber si quiero un daiquirí nuevo… sí, las dos cosas. Saco esa libreta negra que me regaló Seemin, ya con el cuero ajado y las páginas sucias. Pido otra copa fresca. Anoto:

Mi madre una mañana de sábado, mirando cómo el hueco en la pared junto a la puerta era ya demasiado grande, me dijo claramente: ve a casa de tu abuelito y pregúntale qué tienes que comprar y hacer para tapar el hoyo. Tuve que preguntar dos veces si la orden era visitar al viejo (a tres cuadras de ahí) y hacer como él dijera… eso mismo. Tan serio como está en este instante, contando su vida, el viejo me hizo solamente una pregunta: ¿qué tan grande es el hoyo? Dímelo con tus manos… y así me dictó ingredientes, cantidades y procedimientos. Esa tarde terminé mi primer trabajo enano de albañilería… poco tiempo después me regalaría su plomada de albañil, piedra tallada a mano para servirle… mi abuelo lo sabía todo.

Mientras, el dominó cubano se anima en la mesa del viejo. Lo escucho nombrar las piezas y sus numeraciones en esa jerga personal que lo hacía reír y a mí adorarlo. “Duque de Veraguas: 2, Chincolevelalola: 5, Tripas”. Juegan sin alzar la voz pero en la sombría tarde del bar cada ficha canta al ser expuesta. Esos chispeantes sonidos lo opacan todo en el bar, lo vuelven lejano: el danzón elegante y melancólico de la radio, el humo en el bar, aquel hombre solo que bebe a sorbitos, callado…

¿A dónde saldremos esta tarde sin gracia?

—Podrías soñar que estamos en San Juan de Letrán caminando hacia el Zócalo sin prisas desde la fuente de Arcos de Belén…

—Sí, supongo que si quieres, abuelito…

Sereno pero de pasos firmes, echa a andar por esas calles del centro. El sombrero de caballero fino bien calado, el balanceo de los brazos, los ojos fijos en el horizonte de sus pasos, el blanco pañuelo atisbando al mundo desde el bolsillo superior del saco… unas cuadras más adelante entramos por supuesto a El Moro, esquina de talavera y aceites hirviendo. Se sostiene de mi brazo y me pregunta si recuerdo el lugar de mi infancia para tomar chocolate.

—Sí, abue. Me encantaba venir y mirar por esa ventana que da a la cocina de los churros, delgadas masas fritas rebañadas en azúcar. Qué magia.

No come, porque los que se fueron ya no buscan esos placeres. Pero juega con un trozo de churro tibio, lo deshace entre sus yemas mientras me pregunta una vez más lo de siempre… ¿te acuerdas de tu abuelita?

Menuda, ojos azul y gris, viejita severa y al mismo tiempo dulce (apenas con nosotros dos). Le encantaba hacerla enojar con sus simplezas. Recuerdo que una tarde, antes del almuerzo, la abuela se dio cuenta que nos faltaban tortillas. Tomó una gran servilleta de la cocina y fue hasta el recibidor. El viejo leía el diario mientras yo jugaba a sus pies con mi gallina de plástico o algún cochecito maltrecho.

—Ahorita vengo, Luis. Dijo al pasar.

—No, Chofi, retrucó el otro, ahorita te vas y regresarás más tarde.

Se fue dando un portazo la abuela tan vasca, tan menuda y beligerante. Y él chispeando divertido con un “ja” entre los dientes… no me gustaba verla enojada. Pero esa capacidad para estirar el lenguaje y reír lleno de vida siempre me hicieron bien.

Pruebo el chocolate caliente, dulce y oscuro. Mastico despacio cada churro mirándolo mirar el aire y revivir como si nada otras visitas a este lugar. Una noche, por ejemplo, que entró vestido con el traje negro, adornado de rayas delgadas de color gris perla. La abuela y mi madrina con abrigos. Alguna joven tía se habrá casado esa tarde, tantas sobrinas tenía la vieja… luego de misa, por no acumular bocas en la fiesta terminamos ahí, cenando.

—¿Y de qué otra cosa te acuerdas? Me despierta. Yo, continúa sin mirar nada en particular, todavía recuerdo esa jaula azul y roja que tenía mi nana, y cómo cantaban sus pájaros cada mañana. Alguna vez un gato tratando de meter la zarpa. Las plumas, los gritos de Antonieta…

—Pues me acuerdo del tas, abuelito. Ese yunque de bronce hecho para moldear cosas pequeñas que tenías siempre cerca de la mesa para romper nueces o enderezar cubiertos. Y de las increíbles tazas de porcelana china que le regalaron a mi abuelita: todas con sus platillos… la tetera elegante, pintada en verdes y blancos. La vitrina del comedor exhibía todo, la caja del dominó y la cafeterita italiana reinando en el medio, listas para el ocio de martes y sábados.

—Te acuerdas bien, sonríe. A ver entonces, saca la caja y mientras llegan tu tía Chayo y tu tío Marcos te voy a enseñar un rato a jugar dominó.

Salto de mi silla contento, abro con calma la vitrina (las puertas de cristal susurran hacia un lado). Es el mejor martes del mundo y faltan todavía 25 minutos para que ese viejo péndulo cante las cinco de la tarde. Saco la caja del dominó, cierro la vitrina. Volteo a mirarlo desde ahí… pero se ha ido. Su silla está vacía y detrás, como en un sueño, las persianas dejan pasar las últimas luces de la tarde. Todos dormitan en su casa: el reloj, los platones pintados y las fotografías, el teléfono viejo (5 71 15 46) y su abrigo dulzón en el perchero antiguo.

Entonces recuerdo que al dominó le faltan ya dos fichas… las perdieron las niñas jugando una tarde en la sala. Y me da rabia con ellas porque ya no podré jugar con este dominó gastado por sus dedos. Y porque quiero creer que si no está conmigo ha prendido la luz sobre la mesa en su cuarto y está ahora mismo resolviendo el crucigrama del periódico… otra vez, todas las veces, con la mano izquierda sosteniendo el rostro, concentrado en la cuadrícula.

Debí quedarme dormido debajo de la mesa, lo hice tantos años.

Ligero, despierto ahora, subo las escaleras sin correr. Sé dónde está mi abuelo, y eso me reconforta. Voy a interrumpirlo para repetir ante su juicio esa retahila infantil que me ha enseñado, recitada con ademanes. La bota de vino, su tapón y ese ratón que royó “el cordón con que se ata el tapón que tapa la bota que buen vino porta de Cádiz a Rota”…

Primavera de 2017.

Para Alvaro Montenegro, que ama sin distinción a vivos y muertos, quizá por eso hace una música que explora lo humano tan profundamente.

Cumbia hasta el lunes

Hablo de la serpiente sensual que te recorre el cuerpo. No de las eléctricas y alegres versiones que los chicos de fin de siglo llegaron a disfrutar, a medias con el calor y el mundo del narco. Serpiente que canta como gaita colombiana (el kuisi) y habla de amores y de pescadores. Entre ríos y aguas generosas de los mares. Cumbia hija de vallenato, cumbia de sirenas negras.

Esa épica menor que me enseñó un día la Martha: poblados, barrios, embarcaciones y muchachos alegres. Todos negros como sus antepasados, todos cimarrones, es decir, rebeldes ante la tristeza de una vida llena de trabajo duro, de poca comida y voluntad negada. Vida los viernes “de tabaco y ron”, vida de noche, guardadas la atarraya, las herramientas y la amargura cotidiana. O eso suelen cantar sin cesar los cumbiamberos.

No cualquier cosa. Ya no los elegantes chachachás ni los plásticos mambos de nuestros mayores. Lejos el danzón comedido y profundo de hace un siglo. Cumbia. Caminando como una equilibrista de cintura breve por la geografía de un continente en constante ebullición. Llegando hasta esas calles mal hechas, muchas sin asfaltar, en ciudades y costas de un México que parecía un cuadro cubista lleno de figuras concretas, violento y tierno.

Cumbia bailada en zapatillas de plástico barato y botines negros pulidos hasta la saciedad. Un, dos, de aquí pa allá, tres, cuatro, de allá pa acá. Manos girando, tomando sin rubor los dedos del otro (siente el ritmo ahí, corazón, me decía Beatriz una noche sonriendo desde sus dientes de plata). Cumbia olorosa a desodorante barato y Rosa Venus. Desfogue, promesa.

Danza proletaria, me dijo alguna vez uno que no bailaba.

Ahí, entre humo de cigarrillos y de velas, ahí bajo los lamparones vacíos de la cuadra, te miré sonreír reconcentrado dejando ir las manos al juego cadencioso de acompañar a una mujer, a cualquier mujer. Por el placer de resbalar, pisar y dar un giro. Tun, tun, tun, tun. El bajo vibrando en tus caderas, tu torso poblado de trompetas, de acordeones. Y ese güiro elemental que te hace levantar la cabeza para mirarlas mientras bailas dejando ir el odio, la fatiga y ese dolor… estás tan vivo como hace 40 años, me consta.

Sospecho que para los cumbieros, y la gente de Chambacú, habrá un cielo colorido. Igual para nosotros, para ti, que bailas aún como movido por una cuerda secreta que transforma la configuración del espacio sin hacer alardes. Suave, un cielo de terciopelo ligero. Dulce y frutal cielo de una promesa renovada (sobrevivir otra semana) que se hicieron los pescadores barranquillanos y los sampuesinos. Cumbia mítica y liberadora. Calle, alcohol y luz… resurrección de pobres, cumbia hasta el lunes.

Para mi comadre Esperanza, que baila a veces pero siempre quiere sobrevivir esta semana… con amor y respeto.

volar es un sueño fértil,
alejandro. se mira la
tierra fragmentada,
los ríos caminar,
esos parches de blancura
sobre los cerros
campos ocres de invierno
y grises poderosos, eternos,
en el mar y los desfiladeros.
el cielo parece un lecho azul
de llamas, cubriendo con
ligereza infinitesimal
la bóveda de estrellas.
las nubes blancas y grises
me hacen imaginar un mundo
arriba, sin tiempo,
en el que moran pacientes
nuestros muertos y, como volutas,
todos nuestros recuerdos…

Un abrazo bajado de un avión a Delhi